miércoles, 9 de enero de 2013

En la natividad y los reyes magos

Imagen: En la natividad y los reyes magos
Recuerdo las vivencias de mi infancia y emergen tiempos felices, otros más tristes.
Coexistíamos once personas, éramos una familia numerosa. Evoco aquella casa que cambiaba de color según la disponibilidad de la “libra”, (el billete más trascendente de ese tiempo) desde el blanco, verde, celeste hasta un azul intenso, era de tres plantas, edificada por papá con considerable esfuerzo a través de los años, los ocho dormitorios y cinco lavabos (baños) repartidos en toda “la residencia Mideros”, levantados para evitar las continuas disputas que generábamos cada vez que buscábamos “privacidad” o que coincidíamos en bañarnos al mismo tiempo.

Después de algunos años cuando volví a ver nuestra vivienda, esta, lucía como antaño.
Rememoro aquella escalera que conducía a la segunda planta, nacía entre el comedor y el salón, reformada en varias ocasiones con delgadas gradas, barandilla de listón matizada de castaño oscuro, puertas de madera pintadas color caoba ya desgastadas por el uso continuo, los marcos de las ventanas de fierro de color rojizo, sencillo, sin suntuosidades. El salón adornado con el televisor marca Imaco de cuatro patas, pesado y grande, que no solo entretenía al clan, también era diariamente la manzana de la discordia por la variedad de gustos al momento de elegir tal o cual serie.
La radiola de pino Philips, los discos de carbón de 45 y 33 revoluciones por minuto, se utilizaban los días festivos para las celebraciones de cumpleaños, fiesta de la independencia, de fin de año, también para que mis hermanas demostraran su talento en el baile, aprendían los bailoteos que veían en la tele en blanco, y negro.
En ese espacio nos encerrábamos, mis hermanas para imitar a los grandes del cine, de la farándula mundial, dar vida a las “Chicas del Can”, nosotros para remedar las acciones de las películas del oeste. Asimismo había un sofá de tres cuerpos que algunas veces se destinaba para dormir, dos sillones unipersonales y una pequeña consola de centro.
En el refectorio resplandecía una mesa de cedro con sus respectivas sillas, dos aparadores de habano, una repisa que fungía de bar que en realidad se aprovechaba para ubicar el aparato telefónico, todos estos muebles de color caoba, tantas veces restauradas y teñidas del mismo tono para simular que eran recién estrenados.
En nuestra cocina había un referente: un armario colgante, una alacena que los primeros días del mes se encontraba repleta de alimentos, a medida que sucedían las semanas dejaba sentir las carencias, víveres que eran abastecidos por el camión verde del bazar central militar, además constaba una estufa de cuatro hornillas marca Cuba, primero funcionaba a kerosene, luego se cambió a gas propano, la refrigeradora Coldex de 14’, en ocasiones repletas de adoquines (ice pop) de frutas que endulzaban los veranos. El lavatorio de aluminio, en los costados reposteros de mayólicas para depositar las ollas y sartenes que nuestra madre custodiaba con esmero, una pequeña mesa y asientos de madero.
Esta parte, era el santuario de mamá, lugar donde preparaba nuestros sabrosos guisos, en ocasiones haciendo malabares (estirando el alicaído presupuesto) por la cantidad de comensales, mis hermanos y yo con el apetito de tigres hambrientos, otras veces tratando de agradar a mis hermanas, cada quien, exquisita en sus gustos culinarios. Ella aun se daba tiempo para ayudarnos con las tareas, corregir, practicar las lecturas, auxiliarnos con los trabajos manuales de la escuela.
Siguiente a la cocina cruzando la puerta, estaba el cuarto de lavandería, contaba con un gran lavadero de granito, una máquina lavadora-secadora marca Inresa y un tendal de alambres recubierto de plástico y muchos ganchos de corcho.
Los cuartos de baño (lavabo) distribuido en los tres pisos, todos pintados de celeste, relucido por la luz natural que se filtraba por la claraboya medianera con la residencia del vecino.
El pequeño lavamanos de losa en el lado izquierdo, el retrete a lado derecho con la tapa quebrada en un extremo, resultado anónimo de algún juego infantil que permaneció en secreto para siempre, hacia el fondo, la bañera, sin grifo, únicamente un plato de ducha de aluminio medio oxidado, en verano era una delicia recibir el agua fresca en el cuerpo desnudo, en invierno, una odisea bañarse ya que no teníamos terma eléctrica, nos habíamos acostumbrados a un baño gélido, en algunas ocasiones calentábamos el liquido en la estufa para no sentir los rigores del agua helada. Con el transcurso de los años las mayólicas de las paredes y losetas de la bañera se quebraron dejando ver fondos oscuros.
La siguiente puerta de la cocina atravesaba un corto pasadizo que te transportaba al huerto donde mamá tenía su jardín, fiel testigo de nuestros juegos con la pelota y que la viejita odiaba porque los pelotazos marchitaban la variedad de flores de su multicolor edén. Por esa zona accedías a una ventana rectangular que daba al comedor, desde allí observabas lo que ocurría en el salón. Por ese ventanal descubrí quien era Papá Noel, quienes eran los reyes magos, tenía ocho años y mis hermanos eran más pequeños, mis padres hacían tanto ruido para colocar los regalos que era imposible pensar en la existencia de esos personajes míticos.
A propósito de esta reminiscencia, recordé una anécdota que me trasladó cuando yo tenía ocho años y mis hermanos eran muy pequeños, en esos días gozaba ver en el salón el arbolito navideño lleno de regalos antes de que lo abriéramos, esa noche apenas dormí, mi curiosidad contribuía a no pegar los ojos y observar en qué momento depositaban los presentes, despuntó y me levanté pronto.
A esa edad ya sabía que mis padres eran los encomendados de hacer realidad nuestros sueños, hacían lo que podían, ellos no tenían mucho dinero pero disfrutábamos de todo lo que nos obsequiaban. Ese año no recuerdo lo que pedí, pero no fue relevante, era feliz con cualquier regalo. Me trajeron una espada de plástico duro color acero y mango negro, como los que usaba Robin Hood (Robín de los bosques), los tres mosqueteros, o quizá, El Zorro, florete que desde luego me gustó mucho, era un agasajo con el que soñé a los ocho años. La dificultad llegó cuando uno de mis hermanos lo vio, se le metió en la cabeza que empezó a hipar, luego a sollozar, luego en llanto a “moco tendido”. Estaba inconsolable, no dejaba de llorar, no le reanimaba los juguetes que le llegaron, ni que yo le dijera que jugaríamos juntos, era irrealizable hacerle entrar en juicio.
Al final mi padre me dijo:
-“Mira hijo dale la espada a tu hermanito, yo iré a ver si encuentro a los tres reyes Magos, como van a camello no deben ir muy rápido, y les preguntaré si les queda una espada sin importar el color o tal vez el tamaño”-
Me quedé pensativo en lo que había dicho mi padre. Me preguntaba cómo va a encontrar a los reyes si ellos no existían, eran solo un mito. Le di la espada a mi hermano y estuve apenado. Mi padre salió y después de un par de horas regresó. Entró muy contento, con un regalo entre sus manos, mis ojos se dilataron, indudablemente que me quedé con la boca abierta, turbado.
- “Hijo después de mucho caminar encontré a los Reyes, a Melchor todavía le quedaba una espada, me la ha dado porque dice que te has portado muy bien y que percibió tu generosidad.” -
¿Cómo era posible? El día era festivo, las tiendas permanecían cerradas, era imposible que hubiese ido a comprar. No disfruté de mi juguete ni de los juegos, solo intentaba encontrar una explicación coherente a ese milagro. Como solo era un niño, la inocencia infantil me devolvió la idea que debería creer en Papá Noel y en los reyes magos.
Durante un tiempo no pregunté nada sobre aquel suceso, inconscientemente disfrutaba pensar que aun existían el viejito barbón y los Reyes, esa magia que envuelve las fiestas de fin de año.
Tiempo después aun sentía una gran curiosidad y un día cualquiera pregunté a mamá lo que en realidad había pasado, ella se echo a reír,
- ¿Aun recuerdas? – Me dijo.
Me explicó que mi padre fue a un mercadillo de una ciudad contigua a la nuestra que solía atender todos los días del año, recorrió todas las jugueterías hasta encontrar la espada. Aquella vez mi padre se convirtió en un Rey muy especial y desde entonces creo en él por siempre…
Arturo Ruiz-Sánchez/PEDAZOS DE TIEMPO

1 comentario:

hercy Ruiz sanchez dijo...

que bonito, seguro que cada uno lleva el niño que era inocencia y luego a sabiduría despues de cuantos caminos recorridos,o