martes, 3 de julio de 2012

RAFICO

El astro peregrino se dejaba sentir con fuerza y sus rayos deslizándose sobre el lomo del río, llegaban a mis piernas cruzadas sobre la arena, calentando apenas mi cuerpo en actitud de oración.  Mis manos sumergidas en el agua templada aún estaban abiertas, como si yo pudiera rescatar la vida de Rafael, más conocido como "Rafico", quien quedó atrapado en un banco de arena.


Allá, en la profundidad del río, los remolinos se ocultaban, se vigorizaban, después de una noche de tempestad, se enroscaban sobre sí mismos, como serpientes en acecho de una presa segura.

Yo caí en ellas, quedé paralizado, pero un salvavidas, me arrancó a tiempo de su cueva sin aire, sin embargo la mano de Rafico, se soltó de la mía, desapareció sin lucha, y me dejó aquel saludo que mi amigo repetía después de cualquier problema: "No te preocupes, estoy bien"

Una vez que estuve afuera de la trampa mortal, recuerdo que tirado en la orilla, boca abajo, con la cabeza de costado, vomitaba entre los pies de los curiosos y solo quería dormir.  Sin embargo, me recuperé y al atardecer, volví al lugar con los amigos, para observar la operación de búsqueda del cuerpo de Rafico, porque todos sabíamos que solo eso nos devolvería aquellas aguas.

Pasadas las casi diez horas y como aún no aparecía, en las canoas nos adentramos un poco en el rio, con la esperanza de verlo flotar y traerlo a la orilla.  Pero todo fue inútil, nos dijeron que Rafico había sido arrastrado por la corriente quien sabe donde... Solo nos quedaba esperar.

Mientras tanto, algunos rezaban, otros lloraban y los demás conversábamos de lo sucedido, tratando de entender.

- ¡Que horrible! Aún no puedo creer que se ahogó.-Decía uno de los chicos.

¿Por qué no nos avisaste del partido de fútbol? Eres el más grande, siempre estábamos juntos; alguno de nosotros hubiera ido por ayuda.

-Si, -respondi- Ahora me doy cuenta de eso, pero el flaco no quería que se supiera que, otra vez su madre lo dejaría el fin de semana sin salidas y fui a su casa para acompañarlo un rato. Después decidimos jugar a la pelota, pensábamos que ella, no se daría cuenta de nuestra ausencia, a esa hora temprana de la mañana y nos escapamos. ¡Ojalá me hubiera negado a ir a la canchita del caserío de Pevas!

-Apuesto que el culpable fue la libreta de calificaciones de mierda, cada vez que se la entregaba, su madre se enfurecía, y como castigo le ordenaba permanecer encerrado en su habitación- agregaba otro chico.

-Ella no entendía, que mientras nosotros estudiábamos un poco, su hijo "dale que dale" con cuanto trabajo se le presentaba- se escuchaba decir.

-Tengo que ayudar en casa -planteaba él-, el presupuesto familiar no alcanza y comer es lo primero.

-¡ah! pero además, tenía que llevar buenas notas- acotaba otra voz.

Parecíamos gente adulta, hablábamos sin gritar y sin hacer aspavientos. Nos sentíamos muy tristes y envueltos en la fatiga de una noche que se auguraba, como muy larga.

Nadie se atrevía a romper aquella falange que nuestros cuerpos dibujaban en la orilla del gran rio mar, para despedir al amigo. Nos consolaba la idea, de que Rafico había pasado "a mejor vida".

De pronto, las cabezas giraron asustadas, al ver una sombra descalza, que provenía del montón de arena a flor de agua, su mirada seca parecía empujar sus pies, hacia el líquido salado, su pelo encanecido, desafiaba al viento que descubría sus facciones y la mueca de su boca enmudecida.
Era la madre de Rafico, su mano derecha, abrazaba su vientre como a un bebe, y la izquierda extendida, amenazaba al río.

Después se metió al río, siempre observando cualquier movimiento del agua por pequeño que fuera; su vestido largo y oscuro se pegaba a las piernas, a su pecho, mientras los remolinos la azotaban; se detuvo muy cerca de nosortros, rechazó cualquier abrazo y no lloró; quedó inmóvil como si fuera parte de las rocas, que le ofrecían respaldo. 

A lo lejos, los últimos rayos del sol, empujaron la lancha de la Guardia Naval hacia nosotros, hasta hacernos poner de pie, llenos de expectativas.  Entonces, un desesperado grito flotó en el ambiente:
-¿Por qué me hiciste esto hijo?
La embarcación, fue alcanzada por dos marineros, con una camilla en la que trajeron los restos del flaco, hasta la orilla. Su madre se arrojó sobre el cuerpo, besando aquella cosa deforme, maloliente que los buceadores, encontraron río adentro.

Pasados algunos minutos, ella encabezó el cortejo, caminó un trecho paralelo a la orilla, se dirigió hacia la rambla, y al fin en la calle, la boca trasera de la ambulancia se los tragó a los dos: madre e hijo.

Atrás quedaban solo los comentarios: "Pobre mujer" Lo criaba sola y con tantos sacrificios.

- El chico era bueno y trabajador.

A pesar de que pasaron algunas semanas y mi madre me decía: "El tiempo lo cura todo", yo sentía que Rafico, aún me acompañaba; en la mañana, camino al colegio, frenaba a veces mi bicicleta frente a su casa para despertarlo una vez más.  Sin embargo, las ventanas siempre estaban cerradas, como si la vieja no viviera más allí; las hormigas avanzaban por las veredas, se metían en los huecos de la pared, y hasta el perro, que siempre correteaba juguetón detrás de la pelota, permanecía inmóvil, echado en la entrada de la puerta principal, con las patas estiradas y las orejas caídas.

Contaban los vecinos que cada tantos días, una mujer joven, entraba a la casa con bolsas del mercado llenas de alimento, al poco rato volvía a salir sola.  Se comentaba que esa madre de "nadie" había muerto de dolor.

Una mañana como tantas, yo pedaleaba sin apuro, para llegar tarde a clases y sentarme en el fondo del aula, donde el profesor no me interrogara tanto, o al menos asi me parecía; bueno en realidad nunca me gustó estudiar, por algo no lograba buenos resultados, aunque Rafico, que era más pequeño, me ayudaba con las matemáticas... eso si, me gustaba escribir historias.  En fin, en una de esas ocasiones, al pasar por la casa abandonada, una voz sin tiempo me llamó claramente:

-"Muchacho, ven llévale este trozo de pan a mi hijo, pues él siempre tiene mucha hambre a la hora de salida del colegio".-

Casi no la reconocí, hasta que se acercó al portón de la casa; llevaba un delantal floreado, su cabello estaba atado con un pañuelo amarillo y calzaba aquellas chancletas viejas y ruidosas que nos hacían reír mucho.
Solo afirmé con la cabeza y partí con la mayor velocidad que me dieron mis piernas...

Otro día,  la vieja me dijo:
-"Muchacho -tal vez no recordaba mi nombre-, avísale que la penitencia terminó y que ya puede ir a clases en su bicicleta".

Los pedidos se sucedieron muchas veces: "Dile que no vuelva muy tarde", "que no olvide hacerle el jardin a los Gutiérrez", "que mañana hay que pagar la cuota de la bici", etc.

Yo asistía como una marioneta movida por el miedo que me provocaba tanta locura.

Cuando no soporté más, entonces, cambié el recorrido hacia el colegio, para evitar pasar por su barrio y ser visto por ella.

Muy poco a poco se fue alejando de mi, la presencia de Rafico, junto al sentimiento de culpa, y los amigos, me ayudaron a guardarla en los recuerdos.  Ya no conversaba con él ni le pedía que me explicara los deberes, ni le preguntaba ¿por qué se había ido?

Todo volvía a ser como antes pero sin Rafico, ni la playa a la que no volví más.

1 comentario:

hercy Ruiz sanchez dijo...

que bonita historia,muestra de la verdadera amistad y el sentimiento mas profundo que puede tener una persona Quien será Rafico?
a