viernes, 16 de julio de 2010

QUINTO ANIVERSARIO

Escucho pasos que se acercan y el rumor de voces. Creo distinguir las de dos personas, después me parecen tres, quizás más. Todo es muy confuso. Se extinguen las voces. Se alejan los pasos. Silencio. Tal vez estoy soñando. No, no es un sueño. Me duele el brazo izquierdo, no puedo mover bien la mano, la tengo entumecida. Alargo un poco el brazo y las puntas de mis dedos tropiezan con algo frío
 Los retiro asustado. Espero. No pasa nada. Vuelvo a estirar la mano y me doy cuenta de que es un tubo metálico. Ahora caigo: es el soporte del frasco de suero. Deslizo los dedos suavemente por la barra y el contacto con el metal me resulta agradable. Ignoro si es de noche o de día, la oscuridad es absoluta.
              
Si, he salido del quirófano y estoy en la habitación, mi hermana debe estar cerca, pienso. Intento llamarla, pero una enorme afonía me impide articular palabras. Una mucosidad espesa me obstruye la garganta dolorida, carraspeo y consigo pronunciar a duras penas la palabra “hola”. No se si mi voz se oye mas allá de mis labios. Nadie contesta. Estoy atenazado, no puedo girar la cabeza, respiro con dificultad. Con la mano derecha acaricio las sábanas y dibujo el contorno de la cama hasta donde llega la longitud de mi brazo. Me atrevo a sacar la mano y hurgo en el aire por si mi hermana se ha quedado adormilada en el sillón y no me oye, pero solo trasteo en el vacío. Me da frío y meto la mano rápidamente y la cobijo. La tengo gélida, la froto contra la pierna para hacerla entrar en calor.
Siento un dolor profundo y destemplado en la clavícula, dirijo la mano lentamente hacia la boca. Quiero gritar, pero solo emito un quejido bronco,
Me hastía el repugnante olor a medicamento, siempre me ha resultado insufrible, la boca reseca y pastosa, me sabe a medicina. Tengo nauseas. Me empiezan a doler la espalda y la nuca. Tiemblo de frío, como si estuviera desnudo sobre una superficie de mármol y se me mueven los pies involuntariamente. Percibo el ruido monótono de una gota cayendo y un sonido maquinal que a veces cambia de ritmo. Debe ser un monitor controlando algunos de mis signos vitales. Aguzo el oído, pero no escucho nada mas. Me cuesta conservar la calma. De súbito, noto un peso sobre el cuerpo y un leve tiron de la mano izquierda. La voz de una mujer me dice al oído:
   - Tranquilo te hemos puesto una manta y te hemos inyectado un analgésico. Dentro de un rato, te pasamos a la habitación.
Tengo sueño, pero no quiero dormirme. Trato de ordenar mis ideas.

Creo que eran más o menos las seis de la mañana cuando me llevaron al quirófano. Llevaba todo el día sin probar bocado. Me administraron anestesia general, lo último que recuerdo es: las miradas de los asistentes médicos y luego una grata sensación de placidez, todo a mi alrededor se evapora a un tiempo, una pantalla blanquecina me nubla la visión, me hundo en la nada.

   Siempre había pensado que las arterias bloqueadas se producían con la edad, que era un síntoma más del envejecimiento. Pero he podido comprobar que no tiene por que ser necesariamente así. Yo, a mis casi cuarenta años tenia todas las arterias bloqueadas, el cardiólogo me dijo que era un caso especial ya que no entendía que aún siguiera vivo.
Una vez conocido el diagnóstico se decidió que el único procedimiento válido era una cirugía a corazón abierto. Los días siguientes a la decisión de la cirugía he seguido un camino tortuoso hasta llegar a la mesa de operaciones.

El trastorno se presento hace más de un año, cuando empecé a cansarme al caminar, subir escaleras, las dificultades aumentaron con los meses, luego era difícil cambiarme la ropa, ponerme los zapatos. Tuve que abandonar mi trabajo, era un suplicio estar todo el día en ese grande almacén. Terminaba exhausto.
Durante meses estuve con ese malestar hasta que mi gran amigo Hernando me llevo al hospital.

     A pesar de mis esfuerzos, he debido dormirme. Me despierto cuando siento que alguien mueve la cama. Primero despacio, después más rápido. Mi mano izquierda sigue entumecida. Me agarro con la derecha al borde de la cama. Intento decir algo sin resultado. Escucho el traqueteo de las ruedas sobre el suelo. Todo me da vueltas, siento vértigo. Por fin se para, me ponen la cabeza ligeramente levantada y me palpan la frente. Quiero atrapar la mano que me toca, pero se escurre. Aguardo un momento y no sucede nada. Pienso que ya debo estar en la habitación, me armo de valor y busco el timbre para llamar a la enfermera. No lo encuentro y mis dedos se enredan en unos cables, me da escalofrío y los suelto de inmediato. Pruebo en vano a dejar la mente en blanco, pero en mi cerebro se amontonan objetos, números, letras…grandes, pequeñas, entrelazados, que vuelan y se estrellan contra la pared invisible y desaparecen. En una amalgama deforme, me asaltan frases sin final, acordes de instrumentos desafinados, sonidos chirriantes…Me noto pegajoso y tengo una sed terrible. En medio de esa barahúnda, sueño con un vaso de agua y las gotas de lluvia deslizándose por la ventana de mi cuarto.

  -Buenas días- la voz de mi hermana me arranca de la pesadilla.
  - ¿Cómo te encuentras?
  -¡Por fin alguien! – contesto con una lágrima fácil, con un hilo de voz.
Ella me abraza despacio y llora afligida. Le pregunto:
  -¿Donde estabas?
  -En la sala de espera, no me he movido de allí todo el día. He venido en cuanto me han comunicado que te habían pasado a la habitación. Tranquilo no hables mucho que te llenas de gases.
  -Me duele muchísimo, estoy tan cansado, el corazón parece que me va a explotar…
  - ¿Qué hora es?
  -Son las ocho de la mañana- me dice acariciando mis cabellos una y otra vez, con mucho cariño. – me han dicho que has pasado la noche en la sala de cuidados intensivos muy intranquilo, delirando, tuvieron que administrarte un sedante.
  - Estar así casi inmóvil  es un tormento, no te vayas por favor.
  - Tranquilo, no voy a ir a ningún sitio. Dicen que estarás una semana. Papá  llega  en el primer vuelo de mañana.

Mi hermana sigue acariciando mis cabellos y me siento como un niño en busca de protección. Me envuelve su inconfundible olor a rosas y me mira con mucha dulzura y me hace olvidar a mi exmujer en tiempos como estos… Me imagino a mi familia agradeciendo a Dios… porque estoy estrenando nueva vida.
                                 
                                                                 PEDAZOS DE TIEMPO  / Arturo Ruiz