El día fue apacible, nada hacia presagiar que la llegada de la noche traería la tormenta. En la avenida, las veredas exhalaban intensamente, mientras ríos de lluvia negra rebasaban los acueductos. El cuerpo de Carla se derramaba como se vaciaba la ciudad.
La fiebre...
es intensa en mi nostalgia
y se extiende rauda
inquietando mis recuerdos.
Descubro,
la cortina roja de mi ventana...
y las sombras de la noche
hieren mis ojos.
Y en mis sueños silenciosos
la desmesurada ciudad...
es insensata.
Escucho pasos que se acercan y el rumor de voces. Creo distinguir las de dos personas, después me parecen tres, quizás más. Todo es muy confuso. Se extinguen las voces. Se alejan los pasos. Silencio. Tal vez estoy soñando. No, no es un sueño. Me duele el brazo izquierdo, no puedo mover bien la mano, la tengo entumecida. Alargo un poco el brazo y las puntas de mis dedos tropiezan con algo frío
Son las nueve y no tengo ganas de levantarme, ni el olor del café, ni los huevos revueltos que está preparando la Daniela me mueve. Mira que es buena mi mujer y cómome engríe. Trabaja de lo lindo en el supermarket portugués y después se ocupa de la casa y de este holgazán que soy yo. Si que trabaja mi mujer. No sé cómo soporta esta situación
Lo que durante mucho tiempo se había considerado un mito, dejó de serlo. Es el resultado de un estudio realizado por científicos de la Universidad de Florencia, Italia. Aqui comparto el artículo publicado en: